jueves, 8 de enero de 2015

Día 39

El día que fui la vieja del carro.

Ayer Marce nos acompañó (muy amable y gentil <3) a la municipalidad a solicitar un documento (que te dan a cambio de varios que uno debe llevar) para que Sofía vaya al colegio acá.

Preguntamos por una lavandería cercana, porque la del edificio no está funcionando.

Philipe -que es mujer- nos dijo dónde había una. Tras consultarla y ver que lavar un pantalón costaba 10 euros, decidí ser una patuda -Nico me incitó- y aprovecharme de que Marcela nos invitó a almorzar -a la Sofi y a mí- y le pregunté si me prestaría su lavadora. Como ya me la había ofrecido antes dijo que sí altiro y decidí meter la ropa sucia al carro de feria* y transportarla hasta las afueras de París con toda la perso sudaca que se puede tener.

Para variar estaba nublado, pero además llovía.
Para no tener que subirme al metro que está frente a la residencia decidí (Nico lo recomendó) que era mejor caminar hasta la siguiente estación -que está a 3 cuadras aproximadamente- y tomar el tren que lleva a Massy.
El tiempo aproximado de caminata hasta allá es de 10-15 minutos, considerando el "paso Sofía".
Este particular día tardamos 45 minutos las dos + el carro bajo la lluvia.

Llegamos a la estación, mientras bajábamos al andén vi pasar el tren que nos servía. Llegamos abajo y miré la pantalla donde aparecen los trenes que vienen, los minutos de espera y la dirección. El próximo era como en 20 minutos. Se supone que el tiempo de espera en la pantalla se reduce a medida que pasa el tiempo real. Sin embargo al llegar a los 10 minutos empezó a subir a 11 y bajar a 10, luego a 9, y volvía a subir a 10 y 11. Así varios minutos y yo me estresaba.
Llamé a Marce para saber si estaba bien en la dirección que debíamos tomar y para avisar que íbamos atrasadas, aunque supongo que a esa hora ella ya había notado que íbamos atrasadas...

De pronto se anunciaba un tren con equiz dirección en la pantalla, pero el que venía llegando era el nuestro! Como no estaba segura, fui a preguntarle al conductor, quien amablemente y sonriendo me indicó que sí, que ese era mi tren y subimos corriendo con la Sofi (y el carro).

Nos fuimos en la sección del carro que es para bicicletas y gente que va con bultos.

Cuando llegamos tuvimos que caminar bajo la lluvia y el viento.
Había un viento agradable, pero que a ratos enloquecía y nos empujaba. Con Sofía íbamos muertas de risa. Casi nos caemos un par de veces, pero era graciosa la situación.

Lavamos mucha ropa entre conversa y comida.
La comida estaba rica.
La conversa entretenida.

Cuando volvíamos le dije a Nico que fuera a buscarnos al metro.
Ya no podía seguir tolerando arrastrar ese carro por las eternas escaleras del metro parisino y con la Sofi de la mano.
Me faltaba la pura guagua colgando...


* Entre todos los días que no he escrito no sé si ya conté la historia del carro de feria. Como me da una lata atroz revisar, voy a contarla de nuevo. Si usted ya la leyó siéntase en libertad de obviar esta sección.

Resulta que fui un día al mercado con la fija intención de comprar un carro de feria, porque en realidad nos serviría para el mercado y el supermercado -luego supe que también para acarrear ropa a la lavandería-. El asunto es que llego al lugar donde los vendían y veo uno que me encanta: tiene lunares. Busco la etiqueta con el precio y me sorprendo escandalosamente cuando veo que costaba 97 euros. Miré bien pensando que faltaba una coma. No. Costaba 97 euros. La idea de tener por fin el carro de feria de mis sueños** se iba a la chucha. Así de simple. El asunto es que sigo mirando los más normales y encontré unos lisos "baratos": 35-37 euros. Ustedes comprenderán lo aberrante que me pareció pagar esa cifra por un carro de feria. UN CARRO DE FERIA. Espero no se sientan ofendidos los carros de feria.
Desistí y continué mis compras de verduras y frutas.
En un momento de la vida mis manos y un brazo estaban al borde del descalabro*** así que regresó la intención -que se convirtió en necesidad- de tener un carro.

Me acerqué al lugar que te asaltaba sin armas y te tiraba un carro a la cara -porque la necesidad tiene cara de hereje- y pagué con dignidad los 35 euros que costaba el carro más barato. Vale decir que al menos pude elegir el color: morado.

Puse apresurada las bolsas que llevaba y me vine a la residencia caminando feliz con el carro más caro jamás comprado...

Lo del carrito ya es todo un acontecimiento y tema de nuestras conversaciones, ya que todos los chilenos que están acá se han sorprendido con el valor asignado a estos artículos que deberían estar en la lista de los de primera necesidad. O sea, no puedo creer que tener lavavajillas -aunque nosotros no tengamos- sea de primera necesidad, pero un carro de feria no.



** Lo sé. Este comentario es muy de gente fanática de los carros para el supermercado y la feria. Fijación otrora adjudicada a las señoras, pero que la modernidad nos ha mostrado no ser limitada a un género o una edad específicas.

***Nota Mental: No comprar más cosas de las que puedes cargar. Recordar que no andas en auto.


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