martes, 9 de diciembre de 2014

Día 9.

Día muy normal hasta que fuimos al Cimetière Montparnasse.

La sola idea de ir a ese lugar me producía una emoción alocada.

Es como el fetiche ñoño adolescente ir a los cementerios de París.
Además de toda la mística que -se supone- tienen los cementerios, está aquello de las celebridades que descansan ahí. Es algo simbólico, nada más, nada menos que eso.

El asunto es que iba muy emocionada por el camino.
Cuando llegamos estaba al borde de la locura. Como en éxtasis.
Entramos y la sonrisa no me la sacaba nadie.

Llámenme loca, como quieran, pero por fin estaba  en el MONTPARNASSE!

Quería correr a buscar las tumbas de Julio, Charles o Simone, pero el lugar era grande y hubiese sido un sinsentido correr a lo loco por ahí. Además, hacía un frío -a pesar del sol precioso- que sólo me aguanté ante la expectativa de ver por fin esos bloques de cemento o mármol que cubrían los ahora putrefactos restos de mis estrellas de lecturas adolescentes.

Quienes ya vieron las fotos habrán visto mi cara de alegría-ridículamente-excesiva junto a la tumba de Simone y Jean Paul. No fueron difíciles de encontrar, además, en la entrada hay disponibles planos del cementerio para que los visitantes deambulen con sentido ubicando a sus estrellas. Había flores, cartas y besos. Me llamó la atención que hubiera boletos de metro. Luego entendí que es común dejarle boletos de metro a los difuntos. Yo no les dejé nada. No le veo el sentido a dejar una carta que leerá cualquiera -para eso escribo acá- o un cigarro que bien podría fumarme.

Seguimos nuestro destino en busca de Baudelaire. Caminamos un rato y al no encontrarlo le pregunté a una señora. Muy amablemente me indicó dónde estaba dando algunos datos biográficos como que odiaba tanto a su madre como a su padrastro y que era una "mierda" que lo hayan dejado ahí, junto a ellos.
Nos sacamos fotos y seguimos.

Me da risa pensar en la cantidad de títulos que tenía el padrastro. Yo no sé quién era, ya olvidé su nombre. Justo debajo estaba el nombre de Baudelaire, que murió años después que el anciano, y solo decía la edad a la que murió. Una burla. Ahora ese señor se arroga visitas. Supongo que para eso los pusieron juntos, no para ahorrar en tumbas familiares, sino para que nadie se olvidara de él. Ahora se roba los besos y las flores que los amanteslectores le dejan a Charles.
Sí, sí. Déjenme ser feliz con esta explicación absurda.

Sofía iba entretenida fotografiando todo lo que le parecía interesante. Así que hay muchas fotos de gente que no conozco y que quizás fueron grandes y célebres personajes en esta ciudad.

Luego fuimos a la tumba de Julio Cortázar. Ahí otra megasonrisa. ¿Sabrá ese pobre sujeto que yo soy -como muchas otras personas que conozco- una especie de grupi suya? Obvio no. Y si supiera, le daría exactamente lo mismo. El asunto es que me saqué fotos ahí y me sentí alegre. Sobre la lápida había cigarrillos, boletos, besos, cartas... corazones.

Ay Beckett! No quise fotografiarme con su tumba. Sofía se veía mejor que yo junto a ese mármol grafito.

Pasamos a mirar la tumba de Tristan Tzara. Tenía muchas flores.
A él sí que le hubiera parecido una idiotez de mi parte sacarme fotos ahí.
Como fuera, ya está muerto, así que se lo banca.
Junto a él está Baltasar Lobo. Sobre su tumba una escultura que fotografiamos.

Ionesco fue otro de nuestros difuntos visitados. En su lápida decía "Prier le Je Ne Sais Qui/ J'espère: Jèsus-Christ".

Luego nos fuimos contentos y con frío.
Aún así, tenemos que volver.
Nos faltaron varios.
Esos eran los principales. Un rápido tour por el cementerio...

Cuando era chica siempre pensé que eso de dejar besos marcados sobre las tumbas valía solo para la tumba de Oscar Wilde (que está en el próximo cementerio que visitaremos). Ahí les cuento cómo me fue.



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